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Treintaycinquitos

Treintaycinquitos

POR JUAN BOSCO TOVAR GRIMALDO

Una de esas noches de otoño su cuerpo estaba entumecido, sus manos reflejaban la falta de alimentación y se acercaba a los autos, ofrecía en venta su gato.

Su parloteo de pronto se interrumpía con risas… y recordó aquella ocasión en que ha encontrado a su esposo en la cama con otra mujer; ambos le golpearon y aún espera tres explicaciones: qué hizo mal para tal traición; por qué las palabras se convirtieron en golpes y dónde quedó su casa, sus hijos, nada recuerda.

Sí tiene nombre, se llama Silvestre, y pareciera ahora hacerle honor al mismo, vive en el jardín de asfalto, juega con su gato, cree que es una niña… y no ha olvidado lanzar una bendición, esas frases salen de su boca cuando a su mano llega una moneda.

Como Silvestre, deambulan por las calles, a veces hablan solos, otros caminan de prisa para hurgar en los contenedores algo que llevar a su boca; es tal su inocencia que algunos confunden con burla a lo que hacen, como “Domi”, que acostumbra defecar a la puerta del templo religioso más antiguo del Centro Histórico.

Son parte de nuestra sociedad y pareciera no importarle a nadie, aunque aparecen en una estadística, no figuran en las de la beneficencia pública, no votan, ni opinan y aunque lo hicieren a nadie le importaría escucharles.

Una alma caritativa vio cuando “Leonor” se arrancaba el cabello porque los estudiantes se burlaron al pasar; y Doña Francis llamó a una de esas líneas gratuitas de atención especializada. En respuesta recibió todo un interrogatorio, que incluía parentesco, número de cuenta bancaria y otros requisitos, adheridos a una advertencia: “Los gastos corren por su cuenta”.

Por eso es que siguen ahí, caminan como zombies sin molestar a nadie, sonríen sin saber con quien lo hacen, la mayoría de las veces se aíslan, su mundo sólo existe en su imaginación, ahí mismo, en donde se ha roto la delgada línea que divide la demencia de la cordura.

No les importan a nadie, a veces caminan descalzos, otras duermen en cualquier tejado, comen de la basura y venden ilusiones envueltas en sueños, sin embargo, no hay mercado para lo que su mente fabrica, sólo figuran en una estadística y con una clave se les identifica (Treintaycinquitos), para la policía, para los demás, síganles llamando como siempre… loquitos.

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