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Sofía: La maestra sin recreo

Perdí la vista y no quiero escuchar la campana de fin de clases

POR JUAN BOSCO TOVAR GRIMALDO

UNIMEDIOS/ SALTILLO, COAHUILA. 08 de febrero 2019.- Languidece su vista como la tarde, la clase no termina. Que suene la campana, que suene mil veces, la tarea sigue… no he terminado de educarles.

Todos en el barrio le llaman la maestra Sofía, la que ayer enseñó a leer y escribir a muchas generaciones, es la misma que ahora enseña los secretos de la confección de ropa, que vende tortillas de harina y que espera una fiesta para hacerles ella misma el vestido a las quinceañeras.

Le recuerdan como la maestra de los pandilleros, todas las noches regresaba con 24 muchachos a la Residencia Juvenil, después de recibir su instrucción en la Escuela Álvaro Obregón, inventó el turno nocturno y su salón era el único alumbrado.

Para algunos vecinos es una anciana “chiflada” pero de un gran corazón, ahora sólo le acompaña un perro, recorre el Ojo de Agua y los muchachos de la esquina le hacen reverencia, reconocen en su personalidad, quien lleva la palabra de respeto sin ver las condiciones en que habitan, en que visten, en que viven.

“¿Niños de la calle, pandilleros, ancianos”, qué no todos somos iguales? Para Dios todos somos sus hijos, y los prejuicios de algunas personas hacen sangrar más sus heridas.

Sofía Valero Ortiz se niega a escuchar la campana, esa que le indique el fin de su misión pedagógica. Se aferra a su máquina de coser para traer la nostalgia de ese ayer cuando Directora de Primaria decidió ir por los jóvenes de la Residencia Juvenil para enseñarlos a leer.
¿Maestra, no tiene temor que se le vayan a escapar?, preguntaban los prejuiciosos.

–A dónde, escaparse, si saben ahora que su única oportunidad es aprendiendo a leer y escribir. ¿A dónde se van a ir?

“En esta misma mesa los traía a comer cada sábado, les hacía sus tortillas de harina, aquí hacían tarea, los llevaba a las huertas a jugar y los domingos a la iglesia; hice de ellos buenos ciudadanos, seis generaciones, en un turno nocturno, los expedientes y certificados expedidos en la Escuela Álvaro Obregón, son testigo de ello.

Mujer de mucha fe, aunque solitaria y con un gran amor a sus perros, con insistencia refiere: En esta vida todo tiene un principio y un fin, el mío, no ha llegado, se acerca y dice en voz baja:

“Le voy a contar un secreto, Dios me puso aquí, de hecho siempre me ha llevado a donde yo hago falta: Llegue a esta casa sin ver, perdí la vista y Dios quiso volviera a ver, pero este es un segundo milagro: ya antes me habían detectado un cáncer de matriz, una enfermedad terminal, me curaron con barro, un pastor cristiano; para Dios no hay límites, este es mi destino”…

De esos recuerdos evoca la tarde aquella en que decidió entregar sus bienes materiales para dedicarse a seguir viviendo, sola, en un dogma de fe total, entregada a la voluntad de Dios y casada, fielmente con la pedagogía.

“Ahora que soy una anciana, no dejo de trabajar, pero ahora a los viejos nadie nos ofrece una forma digna de ganar dinero, tenemos que inventar, por ejemplo mi tallercito de ropa, aquí vienen y aprenden, y me da mucha alegría cuando me piden un vestido para quinceañera, lo hago como si fuera para mi, en recuerdo de la fiesta que nunca tuve.

“Casi siempre son niñas de estas colonias o de ranchos, pues quién les va a comprar su vestidito, vienen con su madrina Sofía y aunque me lleve piquetes en los dedos por trabajar de noche, yo se los hago”, refiere mientras envuelve su sueño cerrando los ojos luciendo el vestido en color pastel.

…Todo en la vida tiene un principio y un fin; hubiera preferido quedarme sorda y no escuchar nunca esa campana que me indique mi tarea ha terminado.

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