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Pálpito de la Sierra Tarahumara

Con un enorme abrazo cariñoso para mi amigo Jaime Muñoz Vargas y su hermosa familia, quien en 1997 me regaló el primer libro que recibí de manos de su autor y con una dedicatoria tan especial como personalísima, y cuyo título replico quizá abusona y deliberadamente en el encabezado de esta columna

 Por Julián Parra Ibarra

“Es terrible saber que siempre han estado ahí, al lado nuestro en soledad cósmica, envueltos en las brumas del olvido, aplastados por un hambre hereditaria, borrados de las memorias, enormes en su pequeñez, poderosos en su debilidad, aferrados a una tierra avara e implacable, pero que es su último santuario. Ahí siguen, al costado nuestro, como llaga que no debe cerrar no sea que los olvidemos de una vez y para siempre”.

Textualmente he reproducido la presentación del poemario Palpito de la Sierra Tarahumara’ que por allá en 1997 vio la luz primera y que convirtió para mí casi como mi libro de cabecera, lo he releído al menos una decena de veces aunque creo que deben de ser más porque desde la primera vez que abrí sus páginas me absorbió e impresionó, porque a través de la belleza estética de la poesía, a través de sus páginas Jaime nos lleva de la mano a sus lectores a recorrer cada centímetro de la Sierra Tarahumara, pero al mismo tiempo con la acidez de su crítica nos abre los ojos y nos restrega en el rostro ese olvido ancestral en que hemos tenido a nuestros hermanos tarahumaras.

Los viajes que de Torreón hacia Chihuahua a ver a su amada Renata realizó durante no sé cuántos fines de semana en su impecable Caribe, le dieron a Muñoz Vargas los conocimientos suficientes que fue acopiando en cada paso de ida y vuelta hasta sumar los suficientes y poder volcarlos en el poemario Pálpito de la Sierra Tarahumara, breve en su extensión pero generoso y grande en su mensaje y contenido.

Alejandro González Acosta, quien escribe la presentación del libro dijo en el mismo: “No sé si Jaime Muñoz Vargas está enteramente consciente del reto múltiple y difícil que conlleva su empresa: por un lado chocará con esos oídos y ojos, sordos y ciegos, de todas las épocas; tropezará con la incomprensión y el desdén, la ironía y el desprecio, la burla y el castigo, porque la ignorancia es la base de la comodidad y molesta mucho que algunos nos pongan costras ante la vista. Pero también debe salvar un ancho abismo: el que separa el mundo de los blancos triunfadores y orgullosos, los chabochis de las ciudades, y el otro de los oscuros, derrotados, humildes rarámuris de la Sierra. El lector verá si lo logra”.

Quizá esa no era la empresa que perseguía Jaime con el poemario, sino a través de sus letras hacernos al menos abrir los ojos y voltear a la Tarahumara, hacernos ver el olvido ancestral y la deuda descomunal que todos los mexicanos tenemos con los rarámuris, con los tarahumaras, esos que durante los inviernos ‘bajan’ a las ciudades a refugiarse del congelante y asesino frio de la sierra, y que en más de una vez hemos visto con desprecio y hasta hemos subido el cristal de los autos cuando se acercan y nos dicen ‘Korima’, que la gran mayoría ignora que quiere decir ‘ayuda’, que es lo que nos están pidiendo desde hace muchos años, pero que para muchos sólo significa la oportunidad de mostrarles indiferencia y desprecio al ni siquiera voltear a verlos.

Pero como dice Jaime, es terrible saber que siempre han estado ahí, al lado nuestro en soledad cósmica, envueltos en la bruma del olvido, aplastados por una hambre hereditaria, borrados de las memorias, enormes en su pequeñez, poderosos en su debilidad (…) Ahí siguen, al costado nuestro, como llaga que no debe cerrarse no sea que los olvidemos de una vez y para siempre.

Y es terrible también que solamente cuando de manera escandalosa se descubre que sumidos en la depresión por el hambre y la imposibilidad de llevar un trozo de tortilla dura a la boca de sus hijos, nuestros hermanos tarahumaras, las mujeres con sus hijos, se acercan a las barrancas y deciden arrojarse para poner fin a su frágil existencia, solamente entonces es cuando todo mundo ha volteado a verlos y recuerda que aún existen.

El gobernador César Duarte dijo en Torreón esta misma semana que aunque no hay un censo de la población que habita la sierra –jamás se ha preocupado por saber ni conocer el Estado que él dice gobernar-, un cálculo –quizá ‘a ojo de buen cubero’-, pueden tener la posibilidad de que la cosa no es ‘tan escandalosa’ como los medios dicen, ya que los afectados son ‘solamente’ 25 mil familias. Todas las dependencias del Gobierno Federal han salido a atajar los señalamientos de los suicidios colectivos denunciados por los medios, han minimizado el problema y menospreciado la situación de nuestros indígenas.

El propio Presidente dijo que acaba de estar allá en la Tarahumara y que incluso durmió allí. Sí, lo recuerdo, les llevó unos plásticos en los que el Gobierno Federal les depositaría apoyos de Oportunidades, y que podrían hacer efectivos en cualquier cajero automático, en cualquiera de los miles de cajeros automáticos que existen casi en cada cueva que pueblan en la sierra.

Yo prefiero que haya sido una exageración mediática lo de los suicidios colectivos, pero al menos espero que esta situación nos sensibilice a todos, para que la próxima vez que se acerquen a nuestro auto no subamos –por el contrario, si lo llevamos arriba que lo bajemos- el cristal y les demos la ‘Korima’ que tanto nos piden y que tanto necesitan, para que dejemos de verlos con desprecio, para que abramos nuestros ojos, nuestros oídos y nuestro corazón.

Para que la próxima vez que viajemos o al menos nos renazca la idea de tripular el tren Chepe, de recorrer las entrañas de la Tarahumara, de ver la majestuosidad de sus barrancas, sus montañas y toda su enorme belleza, dejemos de verlos como objetos. Los tarahumaras no son objetos curiosos para tomarles fotos y volver a casa para mostrar solamente retratado lo miserables que hemos sido con nuestros indígenas.

Los tarahumaras son hermanos nuestros y por si no nos habíamos dado cuenta, siempre han estado ahí pero no los hemos visto porque están, como lo escribe Jaime Muñoz, envueltos en las brumas del olvido, aplastados por una hambre hereditaria, borrados de las memorias.

No permitamos, y vuelvo a abusar de las citas de mi amigo Jaime que aunque sea una llaga dolorosa, se cierre. No vaya a ser que los olvidemos de una vez y para siempre.

jparrai@yahoo.com.mx

julianparra@coahuiltecamedios.com

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