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Lloviendo café

Salvador-Hernández-VélezPor Salvador Hernández Vélez

La FILA 2013 terminó con una gran aceptación el domingo pasado. La Feria Internacional del Libro en Arteaga “¡Vivo leyendo! Lloviendo café”, sí que se desarrolló entre la lluvia; no llovió café, pero sí mucha agua. El inesperado embate simultáneo del huracán “Ingrid” por el Golfo de México y de la tormenta “Manuel” por el Pacífico generaron las circunstancias, o tal vez haya sido una chiripa –sin alusiones personales- de la naturaleza, para que Arteaga que es Arteaga -como siempre lo dice su alcalde Ernesto Valdés Cepeda- estuviese mojada durante la feria del libro.

El ambiente también fue propicio para acompañar el recorrido por la feria con una taza de café, aunque no vi a nadie que se le derramara ésta exquisita bebida sobre los pasillos o en alguna pila de libros.

Pero como dice Juan Luis Guerra … “ojalá que llueva café en el campo /pa que en la realidad / no se sufra tanto”.

En el libro “La taza del diablo. El café la fuerza impulsora de la historia” de Stewart Lee Allen nos narra que los nativos –la casta de cultivadores de café, los harash- de Harar, ciudad del este de Etiopía, y capital de la región de Harari, veneraban sus tazas de café, lo que constata por la oración que le hicieron a esta bebida mágica: Una taza de café nos da paz / una taza de café hace que los niños crezcan / aumenta nuestras riquezas / nos protege contra el mal / nos da lluvia y hierbas. Puede ser que las tazas de café saboreadas en la FILA 2013, a la par de la oración de los oromo-garri y la leyenda “¡Vivo leyendo! Lloviendo café”, hayan generado la lluvia de estos días y provocado la aparición de las hierbas que surgen de las semillas que en el campo estaban dormidas.

En otra parte del fascinante libro de Lee Allen -quien para escribirlo recorrió 32 mil kilómetros en los medios que tuvo a su disposición en cada lugar, por caminos sinuosos y algunas veces impenetrables, tan solo para descifrar la asombrosa historia del café-, nos cuenta que en Occidente también tenemos nuestra oración a la primera taza de café del día: “Oh, taza mágica, ayúdame a soportar el terrible tráfico, no hagas que me enfurezca en el Metro y perdona a mi patrón, como me perdonas a mí. Amén”.

El historiador francés Jules Michelet (1798-1874) dedujo que la civilización occidental ilustrada nació cuando la sociedad europea pasó de consumir cerveza al mediodía en los lugares de trabajo a tomar café. Y Lee Allen nos lo remata con el siguiente anónimo puritano de 1674: “Cuando el dulce veneno de la traicionera uva / actuaba en el mundo violándolo todo / llegó el café, esta bebida seria y saludable / que cura el estómago y avispa el genio”. Pero también señala: “Todas las religiones tienen sus bebidas sagradas.

Los cristianos y los judíos tienen  el vino; los budistas el té (que, se dice, nació de las pestañas de Buda); los musulmanes, el café. Para los hindúes es la leche extraída de las vacas sagradas”.

Y como no llovió café, no fue posible disfrutar la experiencia de  una lluvia de esa bebida mágica, pero si hay lugares en donde al llegar nos invade el aroma del café. Una cafetería, una oficina, una casa o una ciudad entera. Por ejemplo, recuerdo que la ciudad de Córdoba, Veracruz, nos recibe con un agradable olor a café. Llega como una invasión que invita a degustar sus cafés que están entre los mejores del mundo.

Experimenté mi primera taza de café con mi abuela Eloísa, que acostumbraba prepararlo por las mañanas, muy temprano. Ponía a hervir agua en su olla de peltre y cuando empezaba a hervir la retiraba del comal y le agregaba café molido –del café Colón-, lo dejaba hervir por un ratito –el aroma invadía nuestra casa- cuidando que no se derramara y luego de retirarlo de la lumbre le ponía un chorrito de agua al tiempo, para que se precipitaran los granos de café molido, y quedaba listo para servirlo. Lo tomábamos con leche de cabra.

Luego aprendí a tomar café negro con mi amigo Adrián Macedo, en Durango. Decía que la leche y el azúcar echaban a perder el café.

Sin duda, cada quien ama el café por diferentes razones. Quizá porque es el arrancador del día, porque es la compañía de un grato desayuno, o para cerrar una exquisita comida, para acompañar una plática, para recibir una visita, para ir disfrutando de una placentera lectura. O para celebrar otra feria más del libro, aunque no llueva café, pero seguramente lloverán muchas lecturas a lo largo del año.

jshv0851@gmail.com

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