GOBIERNO ABIERTO

Por: Víctor  S. Peña

La burbuja se reventó. Analistas y expertos parecen coincidir al señalar que el buen ritmo llevado por la India (que le permitió, en cosa de siete años, ubicarse entre las 10 principales economías del mundo) está terminando. Y, ojo, la mano obscura detrás del freno se llama corrupción.

Las ondas expansivas de las situaciones económicas norteamericana y europea cimbraron la hasta ahora milagrosa estructura hindú. Las expectativas de crecimiento se incumplieron escandalosamente y la maquinaria estatal no pudo responder: un poco por la falta de oportunidad en las medidas propuestas y un mucho por el descrédito gubernamental que ha mermado capital político y, como resultado, su capacidad de maniobra.

Luchar contra la corrupción debiera ser una aspiración permanente de todo gobierno. En algunos casos, quizás los menos, por una convicción moral de los tomadores de decisiones; en otros casos, tal vez lo más, por un sentido pragmático del quehacer público: si la corrupción beneficia a pocos y por poco tiempo, más pronto que tarde, los muchos no-beneficiados pedirán que rueden cabezas. La historia así lo ha demostrado en repetidas ocasiones.

El gobierno hindú, en este insípido panorama, elaboró y presentó un borrador de ley anticorrupción: Ley Lokpal, se le conoce. Su discusión no prosperó porque, dicho metafóricamente, hay tierras donde las semillas ya no germinan. Y es que pocos creen que la parcela ofrecida por su gobierno es lo suficiente rica como para que los frutos ahí dados, sean saludables. Cuando los gobiernos no lograron sostener la esperanza que promueve la credibilidad, es demasiado tarde.

En el gobierno de la India, el problema no está en la ausencia de controles contra la corrupción sino en que los controles existentes carecen de legitimidad y credibilidad. Ahí están, por ejemplo, el Ministerio de Personal y Quejas y la Comisión Central de Vigilancia; ahí están los datos dados a conocer a mediados de diciembre: unos 40 mil funcionarios han sido sancionados por corruptos entre el 2008 y el 2010. ¿Por qué esto no es suficiente ante la mirada de una población que considera a la corrupción como el principal problema de su país? Lo dicho: hay tierras donde las semillas ya no germinan.

Por eso no es fortuito que los reflectores se hayan volcado sobre Anna Hazare, un activista tremendamente popular que encabeza la creación de una especie de defensoría del pueblo en materia anticorrupción. Intelectuales lo califican ya como el Gandhi del siglo XXI. Si la vida le alcanza, anda en los 74 años, no dude que lo veremos protagonizando algún gobierno o dentro de los Nobel que vendrán.

La corrupción no solo afecta a quienes quedan en desventajas frente a los cómplices de lo opaco. Daña el núcleo del tejido social y, como cadena de fichas de dominó, impacta en temas y situaciones que pudieran parecer, en primera instancia, ajenos. Un debilitamiento en el crecimiento económico, como en India, pero, como en México, el narcotráfico, el crimen organizado, los deficientes servicios de salud, la precaria educación y un largo etcétera tienen, también, su origen, en la corrupción.

La Ley Lokpal y todo lo que se circunscribe a ella es muestra de que en todos lados la lucha contra la corrupción es (debiera ser) aspiración permanente.

Recursos en la red de redes:

  • Recomiendo, leer el editorial de Emilio Cárdenas, ex embajador de Argentina en Naciones Unidas, publicado en La Nación. Puede encontrarse en http://bit.ly/xUhqm9
  • Sobre la situación económica en la India, el texto de Alberto Salazar, corresponsal de Prensa Latina en la India. Aquí la liga: http://bit.ly/zfTaLD

 

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