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La primera comunión

La primera comunión

Por El tal Bosco

Salían del colegio en viernes, en su rostro se dibujaba la alegría y el ansia por la sorpresa en casa; los pasos de Constanza y Florita cruzaron corriendo la catedral, esa felicidad compartida las hizo tomarse de la mano para llegar juntas a la calle de Obregón.Dos días les separaban de la emoción de hacer su primera comunión, en casa aguardaba ya el ajuar para Constanza, que para la ocasión trajeron sus papás de Laredo, Texas.

Cony se llevó la finísima prenda al pecho, cerró sus ojos y frente al espejo imaginó la iglesia catedral llena de flores, música del pequeño órgano que escapaba del balcón, y el coro de niños daba la bienvenida a las pequeñas que ofrecían ese sacramento con Dios.

Esa inmensa felicidad compartida en la amistad de su vecinita Flora tenía, sin embargo, otro episodio, con un desenlace fatal. El día previo a la celebración eucarística, los papás de Constanza, como cada sábado, visitaban su finca al sur de Saltillo, la producción de vid, entre otras, eran las actividades de don Pascacio Trueba y quiso el destino que esa niña no realizara el sagrado Sacramento, a un descuido cayó al pozo y toda acción de rescate fue inútil, el cuerpo de la pequeña jamás fue recuperado.

Después del triste acontecimiento, todo fue amargura en la familia y un ambiente desolador se apoderó del vecindario; se avivaba más esas tardes de otoño cuando las hojas parecían llorar por la ausencia de Cony y el aire buscaba consuelo en las tardes frescas saltilleras.

El duro golpe al corazón de la familia Trueba les hizo abandonar el sitio que estaba lleno de recuerdos de Constanza, entre ellos el finísimo vestido para su primera comunión. Ataviados de los más tristes momentos, con el alma partida, una noche abandonaron la casa, y a los años siguientes los papás de Flora hicieron lo propio.

Han pasado más de 70 años de los lamentables sucesos y las mismas tardes oscuras de otoño, el llamado de la campana de la iglesia catedral invita a salir de las ruinas de la casa de Obregón, a la pequeña Constanza, se cruza la calle descalza para entrar, sin hacer ruido, a buscar a Florita, sin resultados regresa a llorar sola en el rincón donde se quedó guardado para siempre el deseo de hacer su primera comunión.
(Fotos: Miguel Sierra El Majo)

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