La Delgadina

LA DELGADINA

POR JUAN BOSCO TOVAR GRIMALDO

Allá por el barrio que le da origen a Saltillo, el Ojo de Agua, cuando todas las familias se conocían aún, se ponía el viejo mercado rodante cada fin de semana.

Con un canasto al brazo y su colorido rebozo de fina seda, paseaba por los improvisados puestos de maderas y garrochas, la hermosa Isaura Delgado, bella como ninguna, sabía de su atractivo ante los varones y meneaba el cuerpo con un caminar lento, como provocando al viento, que hiciera lo mismo con su abundante cabellera.

Su escultural belleza en un cuerpo de 1.75 metros, y su fina figura, era motivo de envidia de las mujeres del vecindario, le apodaban “La Delgadina”, como haciendo mofa de su apellido y su definida complexión.
A Isaura la pretendían los mejores partidos, hasta un hijo del Secretario del Ayuntamiento, sin embargo, su padre optó por casarla con Crisóstomo Sánchez, el carnicero del barrio, que tenía su negocio y vivienda en una enorme finca sobre la calle de Santa Ana, por donde bajaba el agua del arroyo “La Tórtola”, él mismo realizaba el sacrificio de cerdos y reses en los corrales que ahí tenía.
Para las familias del lugar, ese matrimonio avizoraba, y daba lengua suelta a las murmuraciones de algún compromiso económico más que de amor. No hacían pareja y ni siquiera novios habían sido. Crisóstomo, a pesar de su aspecto fiero, era un hombre muy serio, de casi 35 años, calvo prematuro, extremadamente gordo y muy muy alto. Los muchachos de la escuela le apodaban “El Gigante Severo”, le relacionaban en los cuentos que leían de sus libros de texto.

Dedicado a su negocio, luciendo la misma bata ensangrentada y con grasa, Crisóstomo se encargaba también de surtir la carne en el mercado del centro de Saltillo; sus actividades se multiplicaban y contrató a un “chicharronero”, un joven que venía de otro barrio al norte de la ciudad.
La gente daba rienda suelta a comentarios en que relacionaban una situación más allá de una patrona (Isaura) con el joven empleado de la carnicería y en ocasiones se hacía acompañar del mozalbete al mercado y el coqueteo de ella hacia él daba más de qué hablar, sobre todo de murmurar.
Cada vez eran más insistentes los comentarios y Crisóstomo llegó al límite hasta que les sorprendió en una situación de adulterio; ya nunca más se volvió a saber del ayudante y Delgadina no salía de su casa, pero más que el aspecto fiero del carnicero, la seriedad del mismo evitaba cualquier suspicacia a cuestionar por la infiel mujer.
Así pasaron varios meses, y una tarde que jugaban los muchachos a la pelota fueron a recogerla hasta las coladeras del arroyo y ahí mismo se encontraron una muy abundante cabellera junto con una osamenta envueltos en una amarillenta piel; la situación atrajo la atención de la policía; sólo una persona tenía esas características capilares, Isaura Delgado.
Cuando fueron a buscar a Crisóstomo Sánchez, éste había vaciado los corrales, y también la caja de sus ahorros, en la parte que usaba para el sacrificio de los animales, encontraron el resto de las trenzas de Isaura pendientes de un gancho en todo lo alto, ahí colgó del cabello a su infiel mujer, hasta que murió de hambre, frío y deshidratada, literalmente se secó, mientras observaba como moría su enamorado a sus pies.
Para deshacerse de los cuerpos, los arrojó al arroyo La Tórtola, por abajo del puente Gómez Farías, sólo que la cabellera de Isaura se atoró y delató el atroz crimen que estremeció a la sociedad de Saltillo. Del “Gigante Severo” nunca se volvió a saber nada, sólo la muerte de Isaura “La Delgadina”, es la que se cuenta ahora como parte del Saltillo antiguo.

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