Salvador Hernández VélezPor Salvador Hernández Vélez

“La capacitación, otra mirada”, así se llama el libro de Irene Duch Gary, Françoise Garibay y Erick Quesnel Galván. Es sobre las experiencias mexicanas de capacitación rural en los últimos 25 años del siglo pasado en nuestro País.

Sin duda, la capacitación y la formación de los productores del campo, así como la de los formadores de los mismos se hacen con “otra mirada”,  desde la investigación-acción que propició una participación activa, consciente de los habitantes de las comunidades rurales.

Con “otra mirada”, la de quienes están comprometidos en la capacitación de los productores rurales desde fuera de las aulas, desde el exterior de las universidades, con una capacitación confrontada con los aprendizajes significativos de la realidad del campo mexicano.

Este esfuerzo de sistematización deja constancia del fruto de once experiencias de capacitación en el medio rural mexicano que nos ofrecen una reconceptualización de las principales enseñanzas de esas experiencias de capacitación, como trabajo-aprendizaje que confronta la concepción de la capacitación bajo el paradigma de la enseñanza-aprendizaje.

Los autores coordinadores de este esfuerzo de capacitación nos señalan: “Con frecuencia hemos padecido y -sigue latente en algunas personas e instituciones- la práctica de capacitar desde un proyecto “formador”, casi inamovible, concebido y dictado desde un escritorio por técnicos y, en muchos casos, apoyados por políticas sin real vocación de servicio ni espíritu de diálogo que los acerque a escuchar a las poblaciones a las que va dirigida esta capacitación”.

El proceso capacitador, debe replantearse de tal forma que éste pueda recobrar su carácter educativo y su eficacia como factor de transformación de la realidad, para ello se requiere  promover la participación y capacitación de los sectores campesinos, de cara a los desafíos actuales.

Se puede considerar que, hasta mediados de los años setenta, la capacitación consistía en eventos o acciones aisladas que buscaban transferir a los campesinos contenidos o destrezas específicos relacionados con la función y operatividad de las instituciones más que con las necesidades de sus “sujetos de atención”.

A partir de 1965 se dejaron sentir los primeros efectos de la crisis, expresándose en toda su dimensión en el año 1972, en el que se detuvieron las exportaciones agropecuarias y se inicia la importación de alimentos básicos.

La crisis de 1995, orilló a que nuevamente se contemplaran algunos apoyos para el campo, tanto en el sector privado como en la base campesina, condicionados a la búsqueda de competitividad.

Se considera que la capacitación debía tomar el giro de una educación tendiente a desarrollar la capacidad individual y grupal de los campesinos para comprender la realidad que los circunda y tomar e implementar decisiones orientadas a transformarla.

La ausencia de participación en el proceso de capacitación es anuncio de fracaso.

Hacer capacitación es, por lo tanto, ayudar a que la gente desarrolle el conjunto de capacidades que requiere para ser competente en su quehacer.

Esta noción básica, aparentemente de sentido común, cuando se pretende asumir la conducción de un proceso capacitador, conlleva la responsabilidad de determinar el contenido de dichas capacidades.

La capacitación es un proceso; es decir, que su resultado se alcanza únicamente a condición de que se sostenga una acción educadora duradera, y nunca mediante eventos y actividades aisladas o esporádicas.

Como se ha planteado, la forma como se conjugan los procesos de trabajo y aprendizaje en esta concepción, consiste en ubicar al trabajo como el objeto central de aprendizaje. La propia secuencia del trabajo se vuelve el hilo conductor del proceso tendiente a la obtención del conocimiento pretendido, es decir, del aprendizaje de trabajo.

Una persona comprometida en la “otra mirada de la capacitación” debe aprender a escuchar, escribir y preguntar, sin dejar de aportar lo que resulte pertinente para contribuir a la solución de los problemas.

Los formadores y técnicos deben aceptar abandonar su papel de “maestro que sabe” para aprender a escuchar, observar, apuntar y, ¿por qué no?, plantearnos que los profesores universitarios también deben aprender de estas prácticas de capacitación en el campo mexicano.