“La apatía por la ciencia”‏ / Por Salvador Hernández Vélez

        Por Salvador Hernández Vélez

Hace unos días me invitaron a presentar el libro “Un Acercamiento Histórico Sociológico del Desinterés Cultural por la Ciencia y la Tecnología en México”. Autoría de los investigadores José Luz Ornelas, Blanca Chong López y José Alfredo Morales Pérez.

Desde mi punto de vista, el texto da una respuesta puntual a la siguiente pregunta: ¿Por qué no somos portadores de una cultura emprendedora en México? Opino que el trabajo de los autores, además de argumentar porqué padecemos de un desinterés cultural por la ciencia y la tecnología en nuestro País, abre líneas de investigación para explicarnos por qué en regiones como en La Laguna, no encontramos la salida para un nuevo desarrollo.

Los investigadores sostienen que los obstáculos al desarrollo de la actividad empresarial emprendedora en la época de la Colonia, se explican por el atraso relativo del País al inicio de su vida independiente. Mientras Europa y Estados Unidos aprovechaban la Revolución Industrial, el régimen colonial de la Nueva España obstaculizó el impulso técnico interno y, más tarde, lo hizo el imperialismo económico.

Esas circunstancias históricas impidieron la creación de una cultura emprendedora en las regiones latinoamericanas. A ello también contribuyó el dogmatismo católico que mantuvo un férreo rechazo a toda expresión que remitiera al nuevo pensamiento tecnológico. Por otra parte, las necesidades económicas demandaban una visión del mundo distinta a la que imponía la religión imperante en el Nuevo Mundo. Para los protestantes, la ciencia no destronaba a Dios, como en el dogma católico, sino que brindaba la oportunidad para apreciar su obra. Para ellos la ociosidad y el vicio entre los países católicos eran un escándalo ante los ojos puritanos, tanto por su ostentación como por su pobreza (Moyano 1987: 23-24). Así que la clase media comerciante llegó a estimar más a las Ciencias Naturales que a la Teología y a otras expresiones de la cultura tradicional católica.

Mientras en la minería de la Nueva España no hubo preocupación por la innovación tecnológica—el método de patio lo mantuvieron a través de los siglos—, en Europa la inventiva avanzaba. Entre 1733 y 1840 se orientaron a mejorar los procesos productivos de la industria manufacturera. Veamos algunos ejemplos: en 1738 P. Paul y J. Wyatt construyeron por separado sendas máquinas de hilar. En 1740 Huntsman produjo acero fundido en crisol, y en 1742 Maloin innovó el proceso de galvanización de hierro. Por su parte, H. Cort, en 1754, inventa el proceso de conversión del hierro colado en acero. En 1764, J. Watt inventa el condensador de vapor, para en 1781 patentar una segunda máquina de vapor con pistón de doble efecto. En 1776, Wilkinson usa la máquina de vapor para accionar los fuelles de un alto horno. Y Scheele Crompton, en 1779, inventa la máquina de hilar.

Los inventos continuaron. En 1783 Bell introduce los cilindros de cobre para el estampado de tejidos de algodón y lino. En 1801, llega el telar de algodón del francés Jacquard. En 1814, la construcción de la primera locomotora por el inglés George Stephenson, quien, como lo señalara el historiador Erick J. Hobsbawn, no era precisamente un científico culto, sino un hombre intuitivo que adivinaba las posibilidades de las máquinas, un superartesano, un maquinista en Tyneside.

En el vecino país del norte, John Stevens III, ingeniero y físico neoyorkino, que creció en el entorno de las novedosas ideas que acarreaba la política tras la Revolución Industrial, en 1826 construyó un modelo propio de locomotora, considerada la primera locomotora ferroviaria de Estados Unidos. Robert Fulton, ingeniero mecánico, inventor de sistemas de guerra naval, presentó en 1800 un submarino, el “Nautilus”, para cuatro tripulantes, que podía sumergirse hasta los 7.6 metros de profundidad. En 1807 Fulton inauguró su “Clermont”, de 45 metros, que recorrió por el río Hudson los 240 kilómetros de Nueva York a Albany en 32 horas, cuando el viaje por barco de vela se hacía en cuatro días. En 1839 Charles Goodyear presenta su caucho vulcanizado, y en 1841 inventa el vulcanizado propiamente.

Y mientras en la Nueva España se continuaba con una indiferencia cultural hacía la ciencia y la tecnología heredada de la dominación española, ésta según los autores del libro, se mantiene vigente hasta hoy en día.

jshv0851@gmail.com

Publicaciones similares