A la báscula

Por Julián Parra

Con todo cariño para mi amigo Carlos Bracho, con mi más firme deseo que la llegada de un nuevo año, le resulte literalmente la llegada de una nueva vida, y que con el tiempo recuerde que los momentos de adversidad, son una gran oportunidad para refrendar la confianza y la fe que tenemos en Dios

 Julián Parra Ibarra

Al menos en México, la mayoría de la gente al cerrar un año e iniciar  otro, tenemos por costumbre realizar un balance de todo lo que logramos o dejamos de hacer a lo largo de los últimos 365 días transcurridos, y nos establecemos nuevas metas, aunque habría que admitir que en la mayoría de los casos no son nuevas metas, sino las mismas recicladas porque el año anterior –y el anterior, y el anterior del anterior-, no las alcanzamos a cumplir.

Entre los principales propósitos de cada arranque de año, los más socorridos son: ponernos a dieta, hacer ejercicio, dejar de fumar. Al finalizar los 12 meses, eso sí muy firmemente, renovamos nuestros deseos, aunque sean las mismas metas de cada año.

Lo que sí es verdaderamente triste es que al finalizar el año, en el recuento de los haberes y los deberes, entre los resultados de nuestras metas y el recuento de los propósitos no cumplidos, entre lo realizado y lo que se dejó de hacer, tengamos que llegar al día de arrancar la última hoja del calendario y encontrar con que llegamos a ese punto con las manos vacías.

Sobre todo cuando ya es más de un año que llegamos en esas condiciones, porque aquello se nos puede volver un problema recurrente. No podemos, ni debemos, llegar al final del año con las manos vacías, con las cuentas en cero, con más deberes que haberes.

Así como las personas, las empresas, las instituciones, los gobiernos tienen sus propias metas, pero rara vez cuando no se logran los objetivos, se hacen públicos. La difusión de los resultados es solamente si éstos son positivos y sirven para presumir eficacias, así sean efímeras.

La materia en la que en los años más recientes los diferentes niveles de gobierno nos han mostrado al final del calendario no solamente las manos vacías sino con más deberes que haberes, es indudablemente la seguridad pública. La violencia desatada en todo el territorio nacional, nos ha llevado a irnos paulatinamente y casi sin darnos cuenta, a insensibilizando, y más que seres humanos con todo lo que ello representa, las muertes ya nos acostumbramos a colocarlas como cifras, como estadísticas, frías.

Los tres muertos de hoy se suman a los cinco de ayer, y éstos a los 18 de la semana pasada, y así sucesivamente. Son cifras, son números, ya no hay historias humanas detrás de las muertes, no hay padres, ni hijos, ni hermanos, ni esposos (o esposas). La misma violencia nos ha ido despojando de a poco del humanismo que nos estremecía todavía hace algunos años cuando muy esporádicamente se registraba una muerte violenta.

A nivel nacional,  esa dinámica nos lleva a sumar que al cierre del 2011 el número de muertes violentas reconocidas oficialmente por el Gobierno Federal ha rebasado las 60 mil, de los que –aseguran las autoridades sin poder sostener su dicho, porque no tienen forma de comprobarlo- que la mayoría son personas que tenían que ver con alguno de los grupos del crimen organizado y que apenas unos cuantos son civiles que nada tenían que ver con el asunto de esta guerra. “Son los menos”, llegó a decir Felipe Calderón.

A nivel estatal, desgraciadamente ya ninguna región se ha sustraído a la espiral de violencia registrada sobre todo en los meses recientes, y hoy igual el fenómeno arrasa con la gente en La Laguna que en Piedras Negras, que en Monclova o la capital Saltillo. Mucho tiempo las autoridades  locales se hartaron de decir que  Coahuila estaba ‘blindado’ contra la violencia, y que el único ‘foco rojo’ era Torreón.

Resulta incómodo tener que decir, se los dije, pero sí, se los dije mucho tiempo en este espacio cuando cuestionaba ¿Y Torreón no es Coahuila, por ahí se les puede meter el ‘diablo’? Y se metió, porque mucho tiempo muchos quisieron cerrar los ojos creyendo que con eso el problema desaparecía. Me parece que se desestimó el tema y hoy ya no se puede decir que el estado está ‘blindado’ contra la violencia. En realidad nunca lo estuvo, pero hoy ya ni siquiera se puede decir.

En Torreón, en la zona de La Laguna pues, al cierre del 2009 nos escandalizamos porque el número de muertes violentas había rebasado las 500, eran los tiempos en los que todavía nos asombrábamos, nos escandalizábamos por lo que venía ocurriendo. Ya sin escandalizarnos tanto, el 2010 lo cerramos con 745, de las que 380 se registraron en La Laguna de Durango y 365 en la de Coahuila. Los gobiernos separan las cifras por estados para disminuir el impacto en cada una de sus entidades, pero en La Laguna todos sabemos que esta región es una, y que la sumatoria tiene que ser de los dos lados del Nazas.

La verdad yo no sé si todavía escandalizados, al menos preocupados o de plano ya ‘valiéndonos madre’, al cierre de 2012 números más, números menos, la cifra de muertes violentas frisó alrededor del millar.

En materia de seguridad, los gobiernos de los tres niveles ¿Cómo llegaron al cierre de año? ¿Con más haberes que deberes? ¿Con cuentas en cero, con números negros, con números rojos? ¿Con las manos vacías? Qué triste, frustrante y lamentable es llegar con las manos vacías en cualquier rubro. Más si se trata de la seguridad pública, de la vida de las personas.Más si hay políticos perdiendo el tiempo luchando por evitar que en Coahuila se maten 60 toros en un año en las plazas de la entidad, pero son incapaces de manifestarse contra la creciente violencia. Sólo en La Laguna en 2011, cerca de mil personas perdieron la vida de manera violenta, por si no lo sabían.

Con todo, esta información no tiene como objetivo generar un entorno negativo. La intención es que reflexionemos hasta dónde hemos llegado y cómo este fenómeno nos ha ido transformando hasta como seres humanos, nos ha empujado a ir perdiendo sensibilidad, nos ha robado nuestra capacidad de asombro, de coraje y de exigir.

Con todo, pese a todo y contra todo, haya o no alcanzado sus metas en el 2011, quisiera desearle a usted y a toda su familia, un feliz año 2012; el que si nosotros queremos, si nos lo proponemos, podemos hacer que sea mejor que el que le antecedió. Pero no sólo es querer, es actuar, es hacer que las cosas cambien. Porque si no lo hacemos, las cosas no van a cambiar solas.

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