Por: Leopoldo Ramos

El descalabro que el PRI recibió en Coahuila en los comicios del domingo no se puede reducir a un motivo. Hay que entenderlo desde los diferentes factores que influyeron.

Está el exceso de confianza del tricolor en su estructura territorial, el reflejo que tuvo en los ciudadanos el desorden administrativo de algunos alcaldes, la fractura de los priístas con el Magisterio y el voto de castigo de burócratas despedidos en el inicio de la actual administración estatal, que según el titular de la Secretaría de Finanzas, Jesús Ochoa Galindo, fueron alrededor de cinco mil.

Uno de los elementos que el priísmo revisa es hasta dónde intervino el tema del crecimiento de la deuda pública estatal y la forma en que parte de ella se consiguió, pues en el umbral de las campañas electorales el asunto no le significaba focos rojos al tricolor.

Esto último coincide con el sondeo que una encuestadora levantó a petición de un empresario panista para conocer el sentir de los habitantes de la capital respecto a las autoridades estatales y municipales. Quienes tuvieron acceso al resultado del estudio observaron que el endeudamiento estaba hasta al final de las preocupaciones y reclamos de los saltillenses.

Entre las causas de la derrota parcial del PRI en Coahuila está la propia justificación que la anterior dirigencia de ese partido encontró: los electores se confundieron al votar por diputados y senadores de la misma forma que lo hicieron en la elección de presidente, es decir, cruzando los logos del PRI y del PVEM.

En la elección presidencial el PRI fue en coalición con el Verde y tachar a los dos era una forma correcta de votar, pero no en las otras dos contiendas, de tal forma que cruzar en ellas por ambos partidos significaba la nulidad del voto.

Esta última versión que Salvador Hernández Vélez dio antes de irse de la dirigencia priísta en la entidad resulta cuestionable, pues me queda claro que los priístas votan por el PRI y al voto duro de éste organismo no le importa si va en coalición o en alianza con algún otro.

Además el PRI ha ido acostumbrando a sus seguidores a ir en alianza y casi siempre es con el Verde, de tal forma que la confusión de marras, que se puso en desagravio a la derrota del domingo, hubiera ocurrido hace años.

Quizá el motivo más importante para los resultados del PRI el domingo fue la selección de candidatos. En el Distrito VI de Torreón me da la impresión de que el PRI experimentó al abanderar a una mujer sin experiencia electoral, sin arraigo ciudadano más allá del ambiente cultural de la Laguna donde sí tiene reconocimiento.

Norma González Córdova dejó la Secretaría de Turismo en la entidad tres meses después de su designación, justo cuando se empezaba a encanchar, y desde el inicio su campaña no repuntó en una demarcación difícil para el PRI si se considera que incluye las colonias donde está el panismo más obcecado.

Al cuarto para las doce el PRI optó en en el Distrito III de Monclova por una mujer que si bien ya había ganado una diputación local, la persigue el estigma de su propio nombre: Jeanne Margaret Snydelaar Hardwicke. “Yini”, como pide que le digan, llegó a la candidatura cuando la campaña estaba en marcha, en un ajuste de última hora que su partido hizo para cumplir la cuota de género ordenada por la autoridad electoral.

El haberse subido a un tren en marcha tal vez ocasionó que la ex diputada local no se acomodara del todo y para colmo la alcanzó la mala fama de su antecesor, el candidato original Armando Castro Castro, quien como alcalde dejó a Monclova con deuda, desaseo administrativo y financiero importante y para colmo con alto déficit de servicios públicos.

En el el Distrito VII de Saltillo la cosa parecía ir bien para el abanderado del PRI, Enrique Martínez Morales. Lo mismo para la candidata al senado Hilda Flores Escalera. De hecho durante la campaña el más fuerte reclamo de sus detractores fue el aval que como diputados locales dieron al refinanciamiento de la deuda.

Incluso en el debate previo a los comicios Hilda se defendió y salió adelante a los embates. Sabía que iba a estar en el centro de los reclamos, pero guardó la calma, estructuró ideas y salió con fortaleza suficiente para terminar la campaña, aún y cuando a lo largo de ésta tuvo que arrastrar con el estigma dinosáurico de quien llevó como compañero de fórmula, Braulio Fernández Aguirre.

* * *

La incorporación de David Aguillón Rosales a la dirigencia estatal del PRI es un claro mensaje del gobernador Rubén Moreira respecto al interés que tiene por sacar adelante a su partido en las elecciones municipales que habrá el año siguiente.

Es evidente que Rubén Moreira no puede hacerse cargo físicamente de su partido, pero para ello echó mano del hombre al que más confianza le tiene. Prefirió sacrificarlo de su gabinete a sabiendas de que los alcances políticos de David regresarán al tricolor a la senda del triunfo.

El asunto es que para bien o no, los priístas se acostumbraron a la victoria completa y no al dulce-amargo que ahora tienen al asegurar la elección presidencial al tiempo en que la oposición les arrebató tres distritos y dos senadurías de mayoría.

Para los priístas lo más lamentable es que el PAN alcanzó esos triunfos sin buscarlos, pues a lo largo de la campaña los panistas trabajaron para perder y como ejemplo está la disputa férrea que mantuvieron los grupos de Guillermo Anaya Llamas y quien políticamente lo formó, el ex embajador de México en España, Jorge Zermeño Infante.

Basta recordar que una semana antes de los comicios los desencuentros entre Anaya y Zermeño hicieron que la candidatura al senado de Luis Fernando Salazar Fernández pudo haber caído por decisión del Tribunal Electoral.

En síntesis: el PAN en Coahuila ganó sin merecerlo, pues su dirigencia no se caracterizó por la estrategia electoral, las divisiones entre sus grupos de control se mantuvieron hasta el último momento y sus candidatos basaron su campaña en la descalificación del contrario.

Y en medio de todo esto se desprenden señalamientos duros que cuestionan la imparcialidad del Instituto Federal Electoral en Coahuila. En teoría la objetividad es parte esencial del IFE, pero en este proceso electoral esa cualidad está en duda pues representantes del organismo operaron con subalternos para advertirles respecto a la renuencia de Andrés Manuel López Obrador para aceptar los resultados de los comicios.

Los consejeros electorales Ariadne Lamont Martínez, Luis Tláloc Córdova Alveláis y Rubén Canseco López documentaron que el vocal de capacitación electoral y educación cívica en el Distrito V de Torreón, Jorge Luis Grana Hernandez, es decir un funcionario del IFE de primer nivel, abandonó su trabajo como árbitro de la contienda, tomó partido y la arremetió en contra del candidato de las izquierdas.

“El problema con la democracia en México es que el que pierde no lo reconoce. Ya ven (a) López Obrador, perdió y no lo reconoció, se fue a hacer su plantón de Reforma y con eso le hizo mucho daño a la democracia”, dijo el representante del IFE ante aspirantes a supervisores, capacitadores y asistentes electorales a quienes evaluó el 22 de febrero pasado, durante un encuentro en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila en Torreón.

Si el vocal del IFE tiene razón o no es lo de menos. Lo sustantivo es que un representante del organismo que debe ser garante de la democracia en México dejó del lado la imparcialidad y se fue rebasado por simpatías y criterios individuales y si esa es la condicionante que rige al Instituto en este momento, de poco habrán servido las aportaciones intelectuales de quienes en otros momentos condujeron los procesos electorales en este país y las cantidades extraordinarias de dinero público que cada vez se destinan a esto.

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