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Por Salvador Hernández Vélez

Los datos dados a conocer, hace unas semanas, de la ENIGH2012 (Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares) muestran un panorama extremadamente preocupante. Estos nos permiten conocer cómo cerró el sexenio de Felipe Calderón en materia de pobreza. También evidencian una población con carencias sociales por debajo de la Línea de Bienestar (LB); esto es, pobres con necesidades básicas insatisfechas, y pobres por sus bajos ingresos. Quienes tienen carencias sociales representan las tres cuartas partes de la población nacional, poco más de 85 millones, mientras los que tienen ingresos menores a la LB son alrededor de la mitad de la población (60.6 millones en 2012).

El Decano de la Facultad de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, F. Xavier Ruiz Collantes, ante circunstancias como esta se pregunta: “¿Cómo es posible que en un sistema democrático de toma de decisiones colectivas, los intereses de las mayorías se vean profunda y sistemáticamente perjudicados en beneficio de unas minorías cada vez más reducidas y excluyentes?”.

Desde la caída del Muro de Berlín y de la terminación de la Guerra Fría; es decir, en los últimos 25 años, en la época del auge de la globalización en los países democráticos occidentales y desarrollados, los recursos y la riqueza cada día se concentran más en los que más tienen, los recursos de las clases medias y trabajadoras se transfieren hacia las clases pudientes. Lo más grave es que este fenómeno no sólo se da en los países del ámbito europeo y con insuficiente recorrido democrático, como Grecia, España o Portugal, esto también sucede en el país más rico de Europa: Alemania.

Según el último informe cuatrienal del Ministerio de Trabajo alemán, “Riqueza y Pobreza”, dado a conocer a finales de 2012, el 10 por ciento de los alemanes concentraba, en 2008, el 53 por ciento de la riqueza; al 40 por ciento, las clases medias, les corresponde el 46 por ciento, y al resto de los alemanes, que es la mitad de la población, les toca sólo el 1 por ciento. Los datos muestran que en diez años, ese 50 por ciento más pobre ha pasado, de poseer el 4 por ciento de los recursos a 1 por ciento. Las clases medias, que son el 40 por ciento, han reducido en seis puntos su participación en la riqueza general y, por el contrario, el 10 por ciento más rico ha subido 8 puntos su riqueza.

En el mismo sentido, otro estudio del Instituto Alemán de Investigación Económica, de 2011, registra que el 10 por ciento de los alemanes más ricos concentran ya el 66.6 por ciento del capital. Esto, en cierta medida ha sido posible porque en los últimos diez años los salarios reales de los trabajadores en Alemania no han aumentado. Estos son datos oficiales del propio gobierno de un país inequívocamente considerado democrático y, supuestamente, de los más igualitarios.

Estas estadísticas de nuestro País y las de Alemania llevan a otro cuestionamiento también planteado por Ruiz Collantes: “¿Qué ocurre para que las decisiones de voto de la mayoría de los ciudadanos se transformen en decisiones políticas que agreden sistemáticamente sus condiciones de vida, su bienestar material y sólo benefician a minorías extremadamente reducidas?”.

Por ahora, las tendencias actuales apuntan a que en el embarazoso sistema de la democracia representativa, liberal y capitalista, algo falla, y no un poco, sino muchísimo y cada día se agudiza más. Cuando unas políticas hacen más ricos a los ricos, y desaparecen a las clases medias engrosando las cifras de los pobres, es claro que detrás de tales políticas hay un sistema de poder benevolente sólo para unos cuantos.

Si algún valor funcional puede poseer la democracia es hacer que los valores e intereses de las mayorías prevalezcan sobre los de las minorías. Es importante, pues, impedir que las minorías sojuzguen a las masas. Aquí es donde está el cuestionamiento del sistema democrático: no son las mayorías las que se están beneficiando.

En la época de la globalización, las medidas contra las clases trabajadoras y clases medias no han parado. Se recortan los servicios públicos, los subsidios y prestaciones. También se están eliminando aceleradamente los derechos laborales de los trabajadores. Ahí están los ejemplos de las protestas en Brasil y en Detroit, la ciudad norteamericana que el pasado 19 de julio se declaró en quiebra. Naturalmente, nada de ello fue votado por los ciudadanos.