Un abrazo respetuoso, cariñoso y solidario para David Aguillón Rosales, por el sensible fallecimiento de su padre, Don Armando Aguillón Ramos, extensivo para toda su familia

Por Julián Parra Ibarra

No sé a ciencia cierta si es de su autoría, pero fue a Enrique Martínez y Martínez, entonces gobernador de Coahuila, a quien le escuché decir que los políticos siempre deberían estar preparados para ser, para no ser, y para dejar de ser. En la mayoría de los casos, quienes buscan o han alcanzado ya un puesto de elección popular, siempre están preparados para ser, pero nunca para no ser, y menos para dejar de ser cuando ya probaron las mieles del poder.

Hace poco menos de seis años, cuando Vicente Fox entraba ya en el último tramo de su mandato recuerdo haber escrito una columna que titulé ‘El Presidente está enojado’, porque en un evento para inaugurar uno de los al menos media docena de tramos de la ‘Super carretera Durango-Mazatlán’ en los que el presidente en turno ha acudido a cortar el listón simbólico, el entonces mandatario mexicano contestó con gran enfado y molestia los cuestionamientos que le hizo la prensa, sobre todo cuando mi amigo Luis Amatón, corresponsal de Televisa Laguna, le preguntó que por qué no había ido a Pasta de Conchos, que la gente allá se preguntaba que dónde estaba el Presidente.

Una humilde señora habitante de una comunidad de la zona, se acercó y le dijo al Presidente que por no haber podido pagar los abonos de una estufa que había sacado a plazos en una tienda, estaba a punto de perder su vivienda. La mujer se acercó con la esperanza de encontrar apoyo. “Ayúdeme señor Presidente”, mientras le acercaba una carpeta con los documentos de su caso.

Vicente Fox ni siquiera se tomó la molestia de tocar los papeles. “Bueno, y qué, quieres que yo los pague o qué”, le respondió mientras se daba la media vuelta y se perdía en medio de una nube de polvo que levantaron los rotores del helicóptero presidencial que rápidamente lo alejó del lugar.

Justo a la mitad del mes de mayo pasado (2011), Federico Berrueto publicó en Milenio su columna Juego de Espejos, a la que tituló ‘El Presidente incomprendido’, en la que habla del actual presidente de México, Felipe Calderón, casi a la entrada de su último año de gobierno.

Berrueto escribió: “Es común que los Presidentes se sientan incomprendidos, mucho más hacia el final de su ejercicio gubernamental. De Calderón llama la atención la pública reiteración de tal sentimiento. Cada vez es más demandante de comprensión, y siendo un presidente ejemplarmente tolerante con la prensa crítica, muestra fastidio e impaciencia. El tiempo se le acaba y la razón dice que lo mejor por hacer es concentrarse en un buen aterrizaje, el término de realizaciones se acabó o lo dejó pasar. Como lo señalara su antecesor José López Portillo, viene un periodo de horas largas y meses cortos, muy cortos.

“La estabilidad macroeconómica que presume el gobierno fue una buena herencia de su antecesor Vicente Fox, quien a su vez la recibió de Zedillo. Estabilidad y crecimiento había cuando ganó el PAN. Lo primero persiste, no lo segundo (…) Ahora el país tiene estabilidad económica, pero padece la violencia, el oprobio de la desigualdad social, y la triste evidencia de que México es tan corrupto como siempre”.

De Fox dije hace seis años que estaba enojado, a Calderón hace nueve meses Federico Berrueto lo califica como incomprendido y con gestos de fastidio e impaciencia. Ambos mostrando hartazgo para enfrentar a los medios y encarar los problemas que sobre el rostro les arroja la ciudadanía.

A Calderón cada vez con más frecuencia se le han parado enfrente ciudadanos que le reprochan los más altos niveles de violencia que hemos padecido los mexicanos desde la era revolucionaria. Algunos incluso como una de las madres de familia de los jóvenes asesinados en Villas de Salvarcar en Ciudad Juárez, fue y se paró de espaldas al presidium mientras se dirigía al Presidente. No quería ni verlo a la cara porque a priori éste acusó a las víctimas de ser pandilleros.

Los capítulos se han repetido en cualquier cantidad de puntos de la República, aunque sólo unos cuantos trascendieron a los medios, como la de los empresarios en Monterrey, como en la comida con los 300 líderes más influyentes de México en el DF –a los que regañó y le dijo que si no les gustaba cómo estaba haciendo las cosas, se vinieran ellos de presidentes, de senadores, de diputados o de gobernadores-.

Otros capítulos fueron sobre todo en el primer encuentro con los integrantes del movimiento de Javier Sicilia, y los más recientes en Guadalajara, donde primero una automovilista le gritó ‘asesino’ en un par de ocasiones, y posteriormente en el evento un joven le increpó cuántas muertes más y cuándo se iba a acabar esta guerra. Ah, y también que a dónde se iba a ir a vivir cuando terminara su gobierno.

Con ese dejo de fastidio y hartazgo cuando ya se está al final de la encomienda –“total, ya me voy, ya puedo decir cualquier pendejada, dijo Fox en una entrevista-; pero también de impaciencia y de enojo que les va creciendo a los presidentes cuando se saben que muy pronto dejarán el poder –porque no están preparados para dejar de ser-, Calderón respondió retadoramente al joven tapatío que se dijo un emprendedor dueño de una empresa.

Las responsabilidades presidenciales para el tercer tercio –escribió Federico Berrueto en la columna aludida-, demandan el temple y la inteligencia de los que careció Vicente Fox. “Ganó su partido pero perdió el País. Ganó Calderón pero desde ese entonces la política se ha degradado, la polarización persiste y crece el sentimiento de que los grandes males llaman a grandes remedios”.

Calderón tampoco ha tenido el temple ni la inteligencia para encarar los reclamos que le hace la ciudadanía en torno al que lo quiera o no, le guste o no, lo acepte o no, será el sello distintivo de su gobierno. Sus respuestas son de bravucón de mecha corta que se enciende a la menor provocación, pero lo hace respondiendo al tú por tú a los interlocutores a los que jala a su terreno para hacer sentir su fuerza y su poder.

Juan Pueblo no cuenta con la infraestructura, ni con los recursos, ni con la información ni con el personal a su disposición como lo hace Calderón; ni Juan Pueblo tiene la obligación de andar cargando con las estadísticas, los datos ni la información a la que tiene acceso el Presidente para responder y aplastar a sus críticos.

Pero son solamente reacciones de enfado y enojo, de quien no tolera que se critique su trabajo, de un Presidente que –como casi todos- se siente incomprendido al final del camino. De alguien que, evidentemente, nunca se preocupó por prepararse, para dejar de ser. Por eso su enojo y su encono.

jparrai@yahoo.com.mx

julianparra@coahuiltecamedios.com

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