Salvador-Hernández-Vélez-195x200Por Salvador Hernández Vélez

De los diferentes comentarios que recibí con motivo del artículo anterior “Costumbres perdidas”, rescato uno que muestra de manera significativa el arraigo y la determinación de preservar nuestras tradiciones, aún en contra del desarrollo urbano y del avance del mundo globalizado, que a su paso derrumba nuestras formas de convivencia social. Mi amiga Beatriz Granillo me comentó que ella recordaba que sus papás desde antes de la Navidad engordaban el guajolote en la azotea del departamento que habitaban en el Distrito Federal. En el pleno corazón de la “selva de asfalto” criaban el guajolote, tal vez, como una forma no sólo de defensa de sus tradiciones, sino también de protesta contra la desaparición de nuestras costumbres.

En otra opinión sobre las costumbres que hemos ido perdiendo, Ángel Vázquez me comenta: “Esta fecha de diciembre es un buen momento para reunirse en familia, pero también es difícil juntarse en otras fechas del calendario, con toda la familia, ya que algunos de ellos viven fuera de la ciudad donde se encuentra la fortaleza del núcleo familiar, (papá y mamá, en el mejor caso), o bien por los tiempos de trabajo es difícil congeniarlos; por eso, éstas son un inmejorable momento para juntarse en familia. En la ciudad, es difícil mantener las tradiciones como el de la crianza de animales. Una por espacio territorial, otra porque no hay el tiempo suficiente para estarlos ‘pastoreando’. Es difícil también no hacer uso de las nuevas comodidades como la estufa de gas o eléctrica, pero sí podemos planear nuestro gasto de tiempo, con anticipación, ir y disfrutar en familia, a los comunidades rurales, o granjas, para ver la forma y estilo de vida en esos círculos sociales, tan desconocidos para muchos de nosotros, incluyéndome. Ahora se ha perdido la tradición de que las mamás enseñen a sus hijas e hijos a cocinar, lo más elemental, pero bueno…”.

Paulina del Moral, lagunera investigadora de las tradiciones en nuestra región y de otras partes del País, me escribió: “Me encantó tu referencia a los tamales de jabalí (y venado) en Acacio, hacia los 50’s del siglo 20. He encontrado en mis datos de campo una diferenciación entre poblados que sí consumen al jabalí y los que no. Pozo de Calvo, municipio de Torreón, Coahuila, sí. San Marcos, municipio de Cuencamé, Durango, no. Ahora sé que Acacio sí”.

Por su parte, mi primo Rodolfo Adame Hernández, que ha vivido en Ensenada, California, me mandó un correo con sus vivencias: “Cuánta verdad dices primo, mis mejores Navidades infantiles fueron en Acacio en compañía de la familia, ¡qué bonitos recuerdos! Gracias por rescatarlos de mi memoria”.

La siguiente reflexión me la compartió mi amigo, el joven Samuel Arroyo: “Cuánta razón tiene sobre la perdida de las costumbres. Me quedé sorprendido, porque desconocía la preparación del guajolote, no me imagino cómo se muere borracho. Y como usted bien puntualiza, ya no es necesario inyectarlo de vino, ya en sus venas había más que suficiente vino, ¡estaba embriagado! Me hace recordar mi antiguo empleo, en el bachillerato. El profesor y director es un apasionado de la buena cocina, como usted. En las posadas él preparaba los platillos fuertes, uno que me gustaba y que aprendí con él, fue la barbacoa de pozo. Desde hacer el pozo hasta taparlo con la misma tierra. Dentro de la enorme vaporera, pencas de maguey, mixiote y de más menjurjes. Toda la noche se la pasaba enterrada para el amanecer sacarla de su tumba temporal, resucitando el apetito de todos los profesores”.

Entre las costumbres perdidas y las impuestas en el vestir por el mundo globalizado, hizo que se perdiera en las familias la práctica de confeccionar la ropa que usamos. Ahora los chavos sólo usan ropa de marca. Mi mamá, por ejemplo, a mis hermanas les hacía toda su vestimenta. En las revistas de moda veía el vestido, compraba la tela y procedía a elaborarlo. A mis hermanos y al que esto escribe siempre nos procesaba las camisas y las chamarras. Incluso los calzoncillos, que hacía de la tela de los costales de harina, y por aquello de las marcas a veces el “Hecho en México” quedaba en la parte posterior. Por eso alcanzaba el salario, pues no iba a parar todo al bolsillo de los fabricantes de ropa. Ahora hasta para colgar un cuadro en la sala de la casa se contrata a una persona, pues no saben usar un taladro o maniobrar un martillo.

Salvador Hernández Vélez
jshv0851@gmail.com

 

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