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Ludopatía: juegos que destruyenPor Astor Ledezma

Dos mujeres se recargan en la valla metálica. Una tercer se acerca, acomoda la cámara y toma una foto, mientras ellas adoptan sus mejores poses. Del otro lado del armazón, un dromedario se mueve constantemente: tiene excoriaciones en una pata, producidas por una cadena  que lo sujeta con firmeza al suelo. Junto a él, un caballo muestra múltiples heridas en el cuerpo; heridas que parecen negras, pues están cubiertas de moscas.

En el mismo espacio, un jaguar permanece quieto, con la lengua de fuera, recargado en los barrotes de su jaula; a pesar de estar en peligro de extinción, fue extraído de su hábitat con fines lucrativos.

Las leyes de protección animal son ambiguas en ciertas ciudades. Algunos circos lo aprovechan e incluyen rutinas con animales, entrenados con golpes y choques eléctricos para que hagan payasadas frente a la gente.

La PROFEPA ha incautado, en no pocas ocasiones, decenas de animales a circos por incumplimiento de ciertas normas; se imponen multas que, luego de ser cubiertas, permiten que este tipo de empresas sigan laborando como es su costumbre.

Basta con usar un poco la razón, para darnos cuenta que no es un espectáculo digno de seres humanos; que esclavizar y limitar la calidad de vida de otras especies para hacer un negocio con ellas, nos vuelve incluso despreciables.

Los circos con animales no deberían existir.

Si bien es cierto que, como ciudadanos, es difícil tomar acciones para reformar el código penal en esta materia, podemos evitar ser cómplices de la crueldad animal, no asistir a este tipo de espectáculos y, por consiguiente, dejen de ser una fuente de ingreso para estas empresas.

Está en nosotros permitirlo.

Circos sí, pero sin animales.

 

 

 

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