Por Julián Parra Ibarra

En su más reciente colaboración esta misma semana en la página www.laotraplana.com mi amigo Jaime Martínez Veloz –por cierto, Jimmy, hoy me enteré lo buen boxeador que eras, vi una foto tuya que me mostró Ernesto Mesta-, hace una especie de balance de lo que a Baja California -donde vive desde hace años-, le han dejado los Presidentes de México, desde la ya lejana época de don Abelardo L. Rodríguez y hasta el que está a punto de dejar la silla, el panista Felipe Calderón.

Si las cuentas del quien juró –con su mano izquierda puesta sobre la fría lápida- ante la tumba de su padre que no sería él quien le devolvería la Presidencia al PRI, y no solo se la devolvió, sino que le abrió la puerta de entrada de par en par, han sido patéticos para los bajacalifornianos, habría que hacer la cuenta de haberes y deberes con todos los mexicanos.

En más de una ocasión en este mismo espacio, he sugerido la lectura del libro ‘Díaz Ordaz, Disparos en la oscuridad’, de Fabrizio Mejía Madrid, en el que el escritor cuenta la biografía novelada de quien ha pasado a la historia como uno de los presidentes más defenestrados de la historia moderna, y quien hasta el momento de su muerte cargó con el fantasma de los estudiantes muertos en la Plaza de Tlatelolco en el movimiento de 1968.

“Asesino”, fue lo que alcanzó a leer el ex presidente mexicano, desde la ventana de la habitación 137 del Hotel Ritz de Madrid en julio de 1977, escribe en el primer capítulo Mejía Madrid, cuando se asomó para saludar a un grupo de personas que él suponía que le saludaban desde la explanada. Se colocó los lentes para verlos, pero se encontró de golpe con la manta, con la frase demoledora.

“Esta es la magistral historia de un monstruo”, contada por uno de los mejores escritores que hay nuestro país”, escribe en la contraportada del libro, el escritor Paco Ignacio Taibo II.

El libro narra cómo la locura atrapó y llevó a la muerte a Lupita, la esposa de Díaz Ordaz, y platica el episodio de la estadía del matrimonio en Paris poco después de que aquél dejara el poder:

“Delante de la Catedral de Chartres, Lupita comenzó a gritar al cielo como si alguien estuviera tratando de asesinarla. El campanario y la torre de la iglesia medieval se le presentaron como las piernas de Jesucristo en la cruz. Bajaban los dos enormes pies hacia donde el ex presidente Díaz Ordaz y su esposa estaban parados contemplando la fachada.

–         ¿Qué le pasa Lupita?- la abrazó el ex presidente, pero ella se soltó y se echó a correr por la escalinata, lejos de la explanada.

Se le zafaron los zapatos. Corrió descalza.

Ya en el manicomio, sedada, Lupita la explicó al psiquiatra:

–         Las piernas de Dios se abalanzaron sobre nosotros y querían aplastarnos. Bajaron como torres sobre nosotros, como un castigo.

–         Un castigo ¿por qué?

–         Por lo que hicimos y callamos.

–         ¿Qué fue lo que hicieron?

–         No puedo decirlo, Dios me robó las palabras

En un pasaje anterior, del mismo capítulo, Fabrizio escribe que la esposa de Gustavo Díaz Ordaz, “terminó oyendo voces imaginarias después del 2 de octubre de 1968. Las que él mismo jamás alcanzó a escuchar en la realidad”.

Aquél hecho marcó a Díaz Ordaz, su gobierno, a su persona, a su familia, y aunque en circunstancias muy distintas, el número de muertos de aquel tiempo, no se comparan para nada con las cifras de personas que han perdido la vida de manera violenta en el sexenio que está por terminar, y cuyos días que le restan muchos en este país están contando de manera regresiva.

Si Díaz Ordaz pasó a la historia como un asesino ¿Cómo habrá de calificarlo a Felipe Calderón Hinojosa, la historia, el juicio popular, los cientos de miles de víctimas después de alrededor de 100 mil muertes y miles más de desaparecidos?

Rocato Bablott

Además, hay que recordar una de sus frases preferidas: perdono, pero nunca olvido.

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