Home >> A la Báscula >> ¡Ánimo Carlos, vamos Gerardo!

Por  Julián Parra Ibarra

Esta ocasión, quiero iniciar este artículo solicitándole a usted, querido lector, el permiso para dedicar este texto a un amigo personal por quien siento un cariño muy especial, en reciprocidad a su estilo de vida: honesto, trabajador, franco, leal, solidario, además de ser inteligente y un excelente charlador, amante de la buena música y de la literatura selecta.

Carlos Augusto Bracho González proviene de una familia de gente que se ha sabido ganar con su propio esfuerzo cada bocado de pan que se lleva a la boca. Tanto los Bracho como los González son familias que han sido muy productivas en La Laguna y por ello tienen el reconocimiento de la comunidad.

Entre otras actividades, por el lado de los González han sido por muchos años productores del en otros años llamado el ‘oro blanco’, es decir, el algodón, que por décadas fue el principal productor de riqueza en La Laguna, hasta que el progreso y la entrada de las fibras sintéticas en todo el mundo hizo que se desplomaran los precios de las fibras naturales.

Después de haber realizado actividades diversas como Consejero del Patronato del Hospital General de Torreón, socorrista voluntario y presidente del Comité Juvenil de la Cruz Roja Mexicana Delegación Torreón, Carlos ingresó a la política y al servicio público, solamente para poner en práctica el alto espíritu de servicio que siempre le ha distinguido.

Cumplió un productivo y provechoso periodo al frente del área de Atención Ciudadana en Torreón durante la administración de Guillermo Anaya Llamas, lo que le valió a su vez el reconocimiento de la ciudadanía que se lo patentizó en las urnas para llevarlo al Congreso Federal por el Distrito 5 en la LX Legislatura.

En más de una ocasión encontré a Carlos por las calles de las colonias del distrito por el que contendió. Porque él me lo decía se lo creía que ‘andaba en campaña’ pero todo su equipo eran él una camioneta pick up con una bocina sobre la cabina con la que se perifoneaba, y un par de jóvenes que le ayudaban a repartir volantes y a tocar puertas para invitar a votar por el abanderado del Partido Acción Nacional.

Siempre le cuestioné por qué su partido lo estaba dejando sólo sobre todo porque era un distrito que ningún panista quería porque históricamente siempre había sido priista. Con la absoluta sencillez que siempre le ha caracterizado, Carlos me respondía: “No te preocupes, así el día que llegue al Congreso lo voy a hacer sin compromisos con nadie, y por tanto yo voy a votar de acuerdo con mi conciencia, anteponiendo los intereses de los ciudadanos a los que voy representando; nadie me va a poder obligar a dar mi voto en un sentido contrario al que me dicte mi conciencia”.

Tenía razón: llegó al congreso y siempre emitió su voto de acuerdo con sus convicciones, así contrariara el sentido corporativo del voto de su bancada. Tras cumplir con su responsabilidad como legislador, de los pocos por cierto –contados con los dedos de una mano- que se negó a recibir el reparto del ‘guardadito’ que los diputados de su legislatura habían realizado, Carlos Bracho volvió a sus actividades en la iniciativa privada atendiendo una invitación de don Eduardo Murra para re enrolarse en el grupo Cimaco, empresa en la que palabra empeñada de por medio llegaba con la tarea de reestructurar algunas áreas.

En el intermedio, un emisario de Los Pinos le enteró que debido al análisis que se había hecho de su trabajo se le invitaba a volver al servicio público presuntamente con alguna delegación. Declinó porque tenía empeñada su palabra con don Eduardo Murra, lo que le valió el reconocimiento del mismo emisario presidencial. “Mis respetos, dejar ir una oportunidad de seguirse proyectando en la política porque tiene más valor su palabra empeñada, pocos como usted”, le  habría dicho la voz del otro lado del auricular.

Aunque muy pocos lo sabíamos, Carlos venía padeciendo de lupus desde 1997, pero con tratamiento logró sobrellevar el mal todos estos años, pero la agresividad del medicamento para controlar su padecimiento, terminó por afectarle los riñones y entonces le provocó insuficiencia renal. El cierre de 2011 fue sumamente complicado para Carlos porque su vida dependía de que se lograra la donación de un riñón para mantenerle con vida.

Le vi desplomarse y llorar como un niño pero a la vez como un hombre que se aferra a la vida y se resiste a darse por vencido. Traté de darle ánimos, de ayudarle a levantarse la víspera de su cita con el nefrólogo, y los días previos a los estudios a los que se someterían él y su familia con la esperanza de encontrar compatibilidad y que alguno de sus hermanos pudiera donarle un riñón para poder seguir con vida.

La noche del pasado jueves –la que llegan los Reyes Magos, por cierto, repartido ilusiones y felicidad- recibí una llamada de Carlos. Le oí cansado pero entusiasmado porque ya estaba internado –“internados”, corrigió, “mi hermano Gerardo y yo”-, ya que la mañana de este domingo, Carlos y Gerardo serán operados, “y no quise entrar a este proceso sin enterar a quien tanto ánimo me ha dado”, me dijo. Creo que ahora el que lloró fui yo, me dio mucho gusto porque mi amigo como lo escribí la semana pasada, estoy convencido de que recibirá en este nuevo año literalmente una nueva vida.

Si usted conoce a Carlos sabrá por qué se lo pido; y si no, le pido que lo haga con la ceguera que la fe nos pide a los creyentes: Ore por Carlos y por Gerardo Bracho González, quienes en la operación de este domingo además nos estarán dando una enorme lección de amor, porque Gerardo con un corazón muchísimo más grande que el riñón que le donará a Carlos, le estará regalando vida a su hermano, a quien evidentemente ama. Es verdaderamente conmovedor solamente pensar en este acto de amor, de vida, de hermandad.

Quedé con Carlos que para no importunarlos a ninguno de los dos durante su convalecencia -porque creo que además deben ser momentos de gran privacidad que les pertenecen sólo a los miembros de su familia-, no le voy a visitar en el hospital ni le voy a llamar ni a mensajearle, hasta que él se sienta con la suficiente fuerza y ánimo de hablar, me va a llamar para avisarme que ya puedo visitarles a ambos, al donador y al receptor.

Voy a estar al pendiente, y ansioso de recibir la llamada de mí amigo cuando los riesgos se hayan esfumado y ya podamos hablar. Ya hicimos el compromiso de que desayunaremos o cenaremos juntos, y yo le he asegurado que con el paso del tiempo en nuestras charlas nos vamos a acodar de estos momentos solamente como anécdotas.

Yo si soy creyente y no tengo por qué ocultarlo: Señor, te ruego que cuides de Carlos y de Gerardo, dos seres que están ejecutando un acto de amor y de vida como tú lo hiciste por todos nosotros. Protégelos, que yo estaré ansioso por recibir esa llamada que tanto espero recibir. Amen.

 jparrai@yahoo.com.mx

julianparra@coahuiltecamedios.com

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