Ludopatía: juegos que destruyenPor Astor Ledezma

Cuando López Obrador se presentó por segunda ocasión como candidato a la presidencia de la república, la esperanza de muchos pareció renacer: el autonombrado  presidente legítimo volvía por otra oportunidad.

“El cambio verdadero está por venir” es la frase que alude a su proyecto, y al que se sumaron ciudadanos inconformes con el gobierno actual. La lógica era sencilla: el PRI gobernó durante varias décadas; el PAN, los últimos dos sexenios (suficientes) y ahora le tocaba al PRD. La única ventaja aparente de López Obrador, era que su partido no había gobernado, no había tenido la oportunidad de “equivocarse”. En eso radicaba la esperanza de muchos (casi todos) sus seguidores.

Siguiendo la estrategia de Lula Da Silva y Ollanta Humala, Obrador dejó la postura agresiva que lo hiciera perder las elecciones en el 2006, para adoptar un personaje amoroso, cálido, encarnando al nuevo y esperado mesías.

Arrepentido, sumiso, con la cola entre las patas, se presentó en programas de radio y televisión abrigando con palabras de bondad a cada uno de los posibles electores; incluso, perdonaba a Calderón por haberle robado la presidencia. Era sorprendente el cambio radical que había experimentado.

Mucha gente le creyó; veían el comercial donde su hijo le daba un beso y decían que si, que estaba cambiando, que el personaje furibundo había quedado atrás: ya era más consciente, más tolerante.

Pero llegó el debate y la máscara se vino abajo.

Andrés Manuel desperdició cada minuto para atacar al puntero de las encuestas, Enrique Peña Nieto, y se olvidó de sus propuestas, de atender las preguntas que se hicieron en el debate. Con su voz lenta y amodorrada, enlistó cada una de las faltas históricas (involucrando la figura de Santa Anna) y culpó de todos los males al PRI. Era un espacio que pudo aprovechar para ganar puntos y convencer a los indecisos, y que sin embargo malgastó en ataques, en argumentos poco creíbles, y dejó de manifiesto lo que muchos ya sabíamos: el sujeto bondadoso y pacífico que nos quiso vender había quedado atrás; regresaba el AMLO tendencioso, agresivo. El político de siempre.

A la par de su destape, la actitud provocadora de muchos seguidores suyos quedó también al descubierto. Cuando EPN realizó su visita a la universidad Iberoamericana, un grupo de alumnos lo recibió con agresiones verbales y físicas (se aprecia en un video que circula por la red, el momento en que le es lanzado al candidato un zapato desde un segundo piso).

Hubo quienes aplaudieron la “conciencia política” de estos jóvenes. Me pregunto si debe ser plausible que estudiantes universitarios tengan poca o nula capacidad para mostrar desacuerdo de una manera pacífica,  y que se organicen para insultar y agredir al candidato con el cual no comulgan. Llama la atención que muchos de ellos mostraban pancartas a favor de López Obrador. Pensar que se trataba de un grupo de jóvenes perredistas, no parece una idea tan descabellada.

Será una campaña difícil para Andrés Manuel: su perfil belicoso y la postura evasiva hacia temas como libertad reproductiva y diversidad sexual, lo alejan de la verdadera izquierda progresista.

Habrá que ver cómo convence al sector indefinido, ahora que sabemos que su amor y su bondad eran una mentira, una falsa identidad.

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