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Por Juan Bosco Tovar  Agustín Jaime; de policía a leyenda

Agustín Jaime; de policía a leyenda

POR JUAN BOSCO TOVAR

Un relato con Aurorita, muy de mañana, una taza de café y mucha desconfianza en su mirada, hace apenas unos días se metieron a robarle a su casa, vive sola, por la calle de La Fragua, casi por Francisco Coss, en Saltillo.
Con movimientos lentos indica la presencia de la azucarera en la humilde sala. Han pasado ya casi quince años de esa entrevista y todavía huele a la humedad de la lluvia de la noche anterior. Después de hacer un recuento en su memoria de lo que le han robado, se dispone a traer a su mente aquellos momentos en que vivía con su familia, por ahí mismo, en lo que fuera el rancho de sus papás.
Es la última de catorce hermanos, siete mujeres y siete varones, ella fue la más pequeña y recuerda con mucho cariño al más chico de los varones, Agustín Jaime Aguilar, a quien las estrofas bien intencionadas de los hermanos Bernardo y Estanislao Molina convirtieron en leyenda, en un ícono de la historia de Saltillo, aunque las rimas de su corrido sólo son eso, rimas, pero muy desligadas a la vida real del mítico Agustín Jaime.
Tenía 18 años cuando fue asesinado por la espalda por Pedro Arredondo, un asesino a sueldo, Agustín Jaime recién se había enlistado en la Policía de Saltillo y murió en el cumplimiento de su deber cuando salía de una cantina que se ubicaba en la calle de Bravo, no tenía afición por la bebida, fue una diligencia policial la que le llevó a ese lugar.
… Aurorita se acomoda en su mecedora para concentrar mejor su recuerdo: “Fue en la Navidad de 1931, la noticia llegó al rancho que se encontraba en la calle de La Escuela y Abasolo, en el barrio del Topo Chico; apenas unas horas antes se había despedido de mis papás Agustín Jaime Sánchez y María Dolores Aguilar Dávalos y la noticia conmovió a toda la familia y al vecindario”.
Su muerte fue por venganza, la tarde anterior, Agustín había estado en la misma cantina en que lo mataron porque así lo ameritaba su obligación como guardián del orden, un hombre escandalizaba y hacía disparos al aire con una pistola reglamentaria y el joven policía, sobrio, fuerte y acostumbrado a tratar con bestias, no le fue difícil desarmar al rijoso.
Por aquellos tiempos era como una blasfemia desarmar a un militar y eso fue precisamente lo que hizo Agustín Jaime, humillar a un Teniente que al verse desarmado pidió al Jefe de la Policía Genaro Gutiérrez que matara al insolente. La afrenta también había incomodado al alcalde Francisco Hurmisdi Garza, porque tendría que enfrentar los cuestionamientos de los jefes militares, que tenían mando superior en Saltillo.
La ira del Teniente recrudeció como su resaca y mandó traer al gatillero Pedro Arredondo, a quien no le fue difícil “venadearlo” cuando fue a complementar el reporte del incidente con el cantinero, se disponía a montar su yegua cuando el disparo de un Máuser cruzó de oriente a poniente la calle de Bravo para terminar con la vida del novel policía.
“Agustín era muy querido en el barrio… estaba muy chiquito cuando lo mataron”, recuerda Aurorita reprimiendo el llanto por el recuerdo, sus balbuceos advierten ese natural sentimiento, medio se repone y continúa:
“A mis papás les pudo mucho su muerte, no había pasado mucho tiempo que habían matado al mayor de mis hermano (Ignacio) en Texcoco, él era militar, por eso mis padres tenían mucho miedo a las armas”.
Tras un mutis Aurorita vuelve a reincorporarse, vuelve a contener el llanto. “No tenemos ni un recuerdo de él, la única foto que había la prestamos a un grupo de estudiantes para un altar de muertos y jamás la devolvieron”.
Tras la muerte de Agustín Jaime, inició el resquebrajamiento en su familia, apenas cuatro meses después murió de tristeza su padre Agustín Jaime Sánchez y unos días antes Juan, el hermano que más quería a Agustín se llenó de coraje, de angustia de impotencia y en un arranque de depresión se lanzó a la noria del rancho y nunca pudieron rescatar su cuerpo.
Jovita enloqueció, todo el tiempo gritaba y se dañaba su cuerpo y tuvo que ser encerrada y atada en un cuarto de la misma casa y ahí terminó sus días llorando por su consentido Agustín.
Antes, en la calle de Victoria murió atropellado el hijo primogénito del matón Arredondo, y el asesino no pudo asistir a su funeral temiendo ser detenido; siempre se manejó que éste había huido con rumbo a San Luis Potosí.
“Fuimos 14 hermanos, aunque ya no los recuerdo a todos: Ignacio fue el mayor de todos, él estaba en el Ejército y había encargado a Agustín el cuidado de sus hermanas Rebeca, Jovita, Evangelina, Jesusita, Enriqueta y yo (Aurorita), otros murieron muy chicos, Juan era el que más ayudaba a mi padre con las actividades del rancho mientras Agustín asistía en la calle de Bravo, donde estaba la Comandancia de Policía, ahí donde ahora se ubica la Biblioteca Elsa Hernández”.
Las estrofas del corrido de Agustín Jaime dicen que montaba un bonito caballo, en verdad era una yegua su preferida, no bebía y jamás se le conoció alguna novia, el nombre de María García es parte de las rimas de los hermanos Molina, al igual que la casa de Joaquina, donde supuestamente lo velaron.
Los hermanos Bernardino y Estanislao Molina, al igual que Eligio Alvarado fueron haciendo rimas con la única finalidad de aminorar el dolor de la familia, ellos fueron amigos de la Familia Jaime Aguilar y con el paso del tiempo, el artero crimen fue del dominio público y cada quien le fue poniendo más estrofas al corrido hasta convertir la vida de Agustín Jaime en una tragedia e hicieron de él una leyenda.
Agustín Jaime fue velado, como se acostumbraba en la solidaridad de la familia y en su hogar y sus restos depositados en Panteón Municipal de Santiago, a su funeral llegó una corona por parte del Ayuntamiento a nombre del alcalde Francisco Hurmisdi Garza y la noticia fue difundida en el periódico el Diario de Saltillo, el 26 de diciembre de 1931.

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