Gobierno Abierto

Por Victor S. Peña

Finales de la década de los ochenta y primera mitad de la de los noventa, en lo relacionado con la Gestión Pública, se vivió el movimiento más importante sobre el redimensionamiento de las organizaciones públicas: nunca antes, ni después (no, al menos, con la misma intensidad) se vivió el debate sobre cuántos burócratas debía haber.

El primer impulso fue “achicar” la nómina. Las organizaciones públicas se habían vuelto tan obesas como obsoletas, había muchos burócratas que hacían poco y de poco valor. La receta parecía sencilla: reducir los costos para ser más eficientes (en la relación costo-beneficio, podía mantenerse el “beneficio” reduciendo el “costo” para dar buenas cuentas).

Aquélla solución pronto generó un problema: a los pocos que se quedaron se les exigía mucho y los resultados, al relacionarse más con la capacitación y la voluntad que con el número, no cambiaron demasiado.

Al día de hoy, el debate en torno al tema de la profesionalización del servidor público: lo que debiera buscarse es el servicio de calidad.

En el debate general, el tamaño –si las oficinas son demasiado grandes o chicas-, ha pasado a segundo término: revive de sus cenizas sólo por razones económicas, cuando la nómina es insostenible.  Aceptar esto último, por cierto, no es sencillo.

Las nóminas crecen por razones políticas, no técnicas. Aceptar que el pago de nóminas abultadas es insostenible, es aceptar descontrol y una poca o deficiente planeación. En el discurso puede sonar muy bien tener organizaciones para esto y para lo otro, pero sin el número adecuado de servidores públicos no son más que llamaradas de petate.

Un ejemplo. Ecuador vive momentos difíciles en este sentido. Para comienzos de noviembre, la administración del Presidente Correa dio de baja 2700 burócratas. En su programa televisivo de los sábados, Rafael Correa aludió razones de corrupción. Dijo: “hay corrupciones evidentes, pero que no se pueden demostrar. Tenemos que actuar”; pero los despedidos no quieren irse con mala nota, por la puerta de atrás: ya impugnaron la medida. La situación se pone complicada pues  el pretexto, parece, no le prosperará a Correa.

Y es que los pretextos solo complican todo. Si atrás hay un tema financiero, a las cosas por su nombre. A Correa ya no le alcanza, pero no quiere aceptar el desbalance de su nómina.

Pero en todos lados, como se dice, se cuecen habas.

Hace cosa de tres meses y medio, en Cuatrociénegas, la presidenta municipal dijo estaría dando de baja a aquellos servidores públicos que veía “cansados y aburridos” porque “no están poniendo empeño en las labores que les son encomendadas” (Vanguardia, 1 de agosto de 2011). Al día de hoy se ha anunciado que, de los que quedaron, algunos tendrán recorte en las percepciones.  El secretario del Ayuntamiento, Manuel Ángel Leal Castro, dijo:  “Cerraremos el año como lo hemos estado haciendo, con finanzas sanas y sin la necesidad de afectar a quienes menos tienen, si acaso se hace el ajuste de salario, será en las percepciones de funcionarios de primer nivel” (Zócalo, 1 noviembre de 2011)

Si hay funcionarios “cansados y aburridos” es porque no tienen actividad por hacer, y esto es un tema de planeación que corresponde a los tomadores de decisiones (la culpa no es del indio, sino de quien lo hizo compadre). Si todo va bien en el tema financiero ¿para qué hacer ajustes en las percepciones de algunos? A las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Cuatrociénegas, por cierto, es tan solo un ejemplo. Como ya se anotó: en todos lados, se cuecen habas.

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